Al levantar,
apasionadamente, la mano a Meade, Luis Videgaray se atrevió a hacer lo que en
la cultura priísta está reservado, en exclusiva, al Presidente.
Por
Juan Bustillos
Impacto.mx
El problema con insistir
en el real o supuesto destape prematuro de José Antonio Meade como candidato
del PRI a Presidente de México a cargo de Luis Videgaray, será que el
secretario de Relaciones Exteriores podrá usar a su favor el alud de
comentarios negativos para victimizarse ante el Presidente, como ocurrió cuando
lo convenció de invitar a Donald Trump a Los Pinos. Por ejemplo, sus
simpatizantes identifican su crucifixión en columnas políticas y redes sociales
como una especie de conspiración de sus enemigos en el gabinete presidencial y
de los competidores de Meade.
Pero el tema es
ineludible.
Videgaray olvidó lo
elemental en la política mexicana: el Presidente puede prestar dinero, el
carro, la camisa o el micrófono; hacer suyas las fallas de sus colaboradores y
hasta permitirles circular por el mundo exhibiendo su cociente intelectual
supuestamente más elevado que el suyo, pero lo que nunca alquila, obsequia o
presta, es la banda tricolor que lo coloca por encima de cualquiera en su
triple condición de jefe del gobierno, jefe de Estado y jefe de las Fuerzas
Armadas, pero también en la paraconstitucional de jefe de su partido.
Cerca de algunos
presidentes estuvieron Humberto Romero, Emilio Gamboa, José Córdoba y Liébano
Sáenz, y ninguno, que sepamos, intentó usurpar o aparentar que era suyas las
funciones de su jefe; no al menos en público, como ocurrió el miércoles pasado.
Es probable que
aprovecharan la cercanía para influir, como en uno de sus libros reconoció
Carlos Salinas la influencia de Córdoba en la designación de Ernesto Zedillo
para ocupar la candidatura vacante por el asesinato de Luis Donaldo Colosio, o
la de Videgaray en la visita de Trump.
Regresemos al secretario
de Relaciones; quizás después de tanto tiempo de ser su empleado, a partir de
que Pedro Aspe lo llevó a Toluca a renegociar la deuda del gobierno de Arturo
Montiel, Videgaray no ha llegado a conocer a fondo a Enrique Peña Nieto.
Si fuera lo contrario,
entendería por qué la despiadada descalificación en Baja California Sur a
“los despistados”. Es de mayor severidad que “el no se hagan bolas” de Carlos
Salinas cuando Manuel Camacho creó la percepción de que el Presidente pretendía
colocarlo de candidato en lugar de Luis Donaldo Colosio. En esta ocasión la
pretensión tal vez fue crear la idea de “al candidato lo puse yo”.
En otras palabras, los
“despistados” no somos los periodistas que suponemos que el secretario de
Relaciones Exteriores intentó un madruguete presentando a Meade como el mejor
mexicano, que quizás lo sea, para guiar al país a partir de 2018, sino quien se
atrevió a hacer lo que en la cultura priísta está reservado en exclusiva al
Presidente.
Es evidente que Videgaray
desconoce la identificación que en ciertos aspectos, en especial la picardía
política, tiene Peña Nieto con su antecesor Adolfo Ruiz Cortines.
Contaba don Pancho
Galindo Ochoa que cuando a Adolfo “El viejo” le proponían para algún puesto a
un brillante joven ponderando su inteligencia, solía contestar preguntando:
“¿inteligente? ¿para qué?”
Y para dejar en paz a don
Pancho, me solía contar que durante un largo tramo de su sexenio don Adolfo
alimentó las ambiciones sucesorias de su gran amigo el nayarita Gilberto Flores
Muñoz, mientras construía en silencio la carrera del paisano de Peña Nieto,
Adolfo “El joven” López Mateos.
Cuando el PRI anunció que
el mexiquense era el candidato, Ruiz Cortines dijo a manera de excusa a su
amigo que inconscientemente le sirvió de señuelo: “Nos ganaron, ‘Pollo’”.
El comportamiento de
Videgaray en esta semana permite suponer que a pesar de sus 30 años de
militancia priísta y de haber estado al lado de Pedro Aspe en Hacienda como
asesor de 1992 a 1994, precisamente en la etapa que Manuel Camacho hizo con
Carlos Salinas y Ernesto Zedillo lo que todos sabemos, no estuvo al tanto del
comportamiento de aquel gran secretario de Hacienda cuya preclara inteligencia,
sólo igualada entonces por el jefe de la Oficina de la Presidencia, José
Córdoba Montoya, no le impedía comportarse con inigualable humildad ni lo
llevaba a sentirse por encima de su jefe, Carlos Salinas.
Recuerdo a Pedro “El
grande” riendo a mandíbula batiente en su espléndida oficina de la Secretaría
de Hacienda al recordar que, de no haber sido por la mano salvadora de Liébano
Sáenz, habría hecho un oso monumental. Estuvo a punto de que el mundo se
divirtiera con la fotografía que lo mostraría cayendo en un lodazal al huir de
la prensa después de presentarse en la Secretaría de Desarrollo Social a
manifestar su apoyo incondicional a Luis Donaldo Colosio, cuyas aspiraciones había
apoyado sin desplantes como el de presentarlo aquí y allá como el mejor hombre
que hubiese conocido.
Es probable, sin
conceder, que exageramos quienes interpretamos como destape presidencial la
cascada de elogios ante el cuerpo diplomático acreditado en México de Videgaray
a su amigo de toda la vida, Meade, pero también lo es de quienes reaccionaron
afirmando la existencia de manipulación mediática y en redes sociales para
masacrar con brutalidad a los secretarios de Relaciones y Hacienda.
Lo único incuestionable
es que Videgaray estuvo consciente de lo que hacía cuando presentaba a Meade
ante los diplomáticos. El lugar que ocupa su inteligencia en la campana de
Gauss lo acerca a la genialidad y por lo tanto sería absurdo que desconociera
que abría la caja de Pandora entre los priístas.
La cuestión es que el
secretario de Hacienda no tiene un pelo de tonto; sabía que su ponderación sin
límite de los más que reconocidos méritos académicos y profesionales de Meade,
así como su prendas personales, patriotismo e integridad, ocasionaría la
especulación que todos conocemos, una situación de hecho que ataría de manos a
Peña Nieto durante las siguientes semanas.
Evidentemente no contaba
con la reacción del Presidente; Peña Nieto no sólo descalificó a los “despistados”,
sino que desechó que el candidato del PRI sea seleccionado a partir de elogios
y aplausos.
Y lo grave para los
protagonistas del desaguisado es que no lo hizo enfadado como días atrás cuando
María Elena Morera calificó de estado bélico al clima de inseguridad en el que
vivimos.
Muy al contrario; buscó a
los periodistas y riendo habló de despistados y negó que el candidato del PRI
tenga que ver con elogios y aplausos. Acababa de sacudirse el corset que le
habían puesto.
Así, la víctima terminó
siendo el secretario de Hacienda. Si ya estaba en el corazón del Presidente es
posible que haya dejado de estar porque no puede arriesgarse a fallar en su
favor porque todos diríamos que el candidato le fue impuesto por Videgaray,
aunque no sea así.
Meade, poseedor de las
prendas necesarias para conducir al país en momentos cruciales como los
que se avecinan, no merece lo que le está ocurriendo. Por ejemplo, de despedida
Agustín Carstens le hizo un cariño candidateándolo para sucederlo en el Banco
de México. Parece un comentario sin mayor intención, pero existe un pasado
entre ambos.
Sus estrategas se han
equivocado con reiteración, y no me refiero a la creación en los estatutos del
PRI de la figura de simpatizante que facilita la postulación a quien no es
militante por encima de quienes lo han sido por años.
Error fue la siembra en
el Senado de la pregunta de por quién votó en 2012. La respuesta lo convirtió
en una especie de traidor a Felipe Calderón o converso al peñismo mientras
trabajaba para el enemigo.
Luego vino la
orquestación en Sinaloa de los gritos de “¡Meade, Presidente!” en el encuentro
con la Escuela de Cuadros del PRI, y su exclamación de que el país debe mucho
al partido tricolor; posteriormente la invitación en solitario a reunirse con
las mujeres priístas en el Estado de México. Y, hasta hoy, el aval de Videgaray
ante los embajadores acreditados en México de su condición de mexicano sin par.
Por cierto, y sólo a modo
de acotación, Alejandra Sota, una estratega política participante en múltiples
elecciones desde la época de Felipe Calderón es mencionada como autora de estos
pasos en falso en torno a Meade, en especial los elogios y aplausos de
Videgaray y la siembra de la pregunta en el Senado de por quién votó. Ahora,
para terror de algunos priístas, se apresta a asesorar a Eruviel Ávila en la
Ciudad de México.
Y con estos antecedentes,
el propio Videgaray pretende que quienes hablamos de un destape prematuro a
espaldas del Presidente aceptemos que vimos lo que, según él, no existió.
Y decimos que a espaldas,
porque fue Peña Nieto quien buscó a los reporteros en su gira de Baja
California Sur para hablar de los “despistados” y descartar aplausos y elogios
como método de postulación del candidato priísta.
Lo que ocurrió en la
península bajacaliforniana no fue un tiro de línea, sino el rescate por parte
del Presidente de su condición de jefe del priísmo y el recordatorio a sus
colaboradores de que la banda tricolor la porta él, nadie más, por más
inteligente e influyente que sea.
Estoy de acuerdo que fue
un recordatorio brutal sobre la identidad de quien tiene la jefatura; no podía
ser de otro modo, de lo contrario Peña Nieto habría instaurado para la nueva
época del PRI la regla de que el mando en materia partidista está en cualquiera
y no en el primer priísta; eso funciona cuando los priístas están en la
oposición no en el poder.
Es probable que esté
especulando de más, pero el oficio me ha permitido presenciar las sucesiones
presidenciales priístas desde que el PAN decidió dejar solo a José López
Portillo en la lucha por la Presidencia. A partir de la siguiente, excepto en
la actual (porque no tengo amigos entre los aspirantes, pero sí en otros
espacios), las he visto desde adentro, incluidas las que ocurrieron sin que el
inquilino de Los Pinos fuera priísta, y en ninguna de ellas ocurrió algo
semejante a lo que identifiqué, con muchos otros colegas, como madruguete.
La reacción de Peña Nieto
está más que justificada por desmesurada que a algunos les pueda parecer. Dejar
pasar el episodio lo habría anulado en el proceso sucesorio priísta, más allá
de que el candidato gane o pierda la elección constitucional.
